Marcela Allemand

 Gran Hotel Sula

BIO

Born in New Orleans, Louisiana and raised in San Pedro Sula, Honduras, Marcela Allemand has been writing since she was a teen. A 2018 VONA Voices Fiction alum and staff writer for Hispanecdotes.com a monthly literary online magazine. A wife, a mother of three, with a passion for writing essays, poetry and short stories that reflect her bicultural upbringing, she currently lives in South Louisiana. Follow her blog at www.latinascribe.wordpress.com.

Me preguntas, ¿porque te he engañado de esta manera tan vil? Te preguntas ¿cómo fue posible que te haya sido infiel con esta mujer que tal vez te parezca ni siquiera mi tipo? Me acusas de haber destruido nuestra familia, sé que nuestros hijos talvez me dejen de hablar, que tu familia me mande a matar y que me despojes de todo los que hemos construido en nuestros años de matrimonio. Créeme que me duele en el alma herirte de esta manera, y que mis palabras parezcan como salidas de la bolsa de excusas de los esposos infieles, basura y una sarta de mentiras. La realidad es que no he dejado de estar atormentado por los últimos veinticinco años, desde el día que por mi inmadurez, por mi falta de hombría ,por no tener los huevos y el carácter que una mujer de ese calibre necesitaba, la deje ir ,la  deje escapar de mis manos, la única oportunidad, la única certeza de que mi fidelidad jamás seria quebrantada por ninguna otra mujer que pude haber conocido o convivido en el trabajo, que talvez me recordó a ella, que talvez por un momento pensé, muy en mis adentros quizá buscando o creyendo haber encontrado alguna de esas cualidades que tanto ame en ella, y esta mujer presentó algún comportamiento, que se presentó como un espejismo y me enroló en mi propia imaginación, y talvez porque los últimos años desde que cumplí los cuarenta, me parece que se me acaba el mundo que la vida se me escapa de las manos, y ya no voy a poder tener las oportunidad de buscarla. Ya no podre pensar, que talvez en uno años nuestro matrimonio se desintegraría y que el de ella también, que los dos recapacitaríamos, y nos juntaríamos para continuar la pasión que se quedó en coma. Pero los años se convirtieron en hijos, en vivencias cotidianas, en citas con el dentista, juegos de fut, sesiones en la escuela, el amor por ellos creció mas que mis amores del pasado. Recapacité, y decidí ser feliz contigo, y dejar todos esos jadeos juveniles en mi pasado, te lo juro los enterré por muchos años y hasta creí haberlo superado, me reía al acordarme de todas las estupideces que un hombre enamorado es capaz de hacer por la mujer que ama. ¿Sabes, que perdí la cabeza por completo por ella?, sé que lo sabes, siempre te quise por entenderme, por no exigirme que mi corazón te fuera fiel, que te enamorara con el mismo ahínco, con el mismo esmero y desacato de cómo lo de ella y yo surgió. Sé que serias una buena compañera, que no me exigirías, que no demandarías más de lo que te podría dar. Sé que no esperarías grandes obras de romance, no pedirías lluvia de caricias de locura en la playa, sobre el mar de Cortez, ni tampoco tendrías un género entero de música como la música de fondo de nuestro romance. No, porque eres la mujer modelo de conformidad y estabilidad. Ella jamás se hubiera doblegado ni ante mí ni ante ningún dictamen de la sociedad, ya que le provocaba cierto placer el despertar el desconcierto y la admiración de los que la rodeaban, porque era una mujer ya con su fuerza definida con apenas diecinueve años, porque ya sabía lo que quería y aunque me duela reconocerlo y para mi pesar, no permitiría que el amor se interpusiera en sus metas. Aunque ella no lo reconozca, sé muy bien lo que sufrió, lo que sufrimos por nuestra separación, sé que yo estaba dispuesto a dejarlo todo por ella, a irme tras de ella. Ese día nefasto, cuando al sentirme contra la pared, con mi cigarro en media boca, le dije, enfadado, que ya no la quería como antes, antes su mirada atónita. No sé, que paso, lo cierto es que decidí que ya no permitirá que ella siguiera siendo mi verdugo, cada llamada era un reproche, como respuesta de mi alejamiento, y como nunca me supe expresar, no dije nada. Lo poco que duramos en realidad fue de proporciones épicas, un gran romance como ese, no dejaría nada pequeño a su paso.

La he buscado por todos los sitios que solíamos frecuentar. Es más, aunque esta sea la primera y única vez que lo reconozca ante otra persona que no sea más que en mi mente, nunca la he dejado de pensar. He ahí el meollo del asunto; jamás pude olvidarla. Aunque nuestra relación fue tan corta, cierto que fue tan intensa, como nunca antes había tenido, aun para mi corta edad de veinte años. Pero es cierto, como dice la canción, el amor verdadero no se puede olvidar. Y vivo de mi imaginación, de los recuerdos y de los pocos pormenores que he obtenido de manera disimulada de nuestros amigos en común. Típica de su manera de ser, quiere hacer la gran entrada triunfal a su retorno, me imagino que querría regresar a su tierra de manera teatral, triunfal querrá llegar con el mejor de los atuendos, y que parezca que fue elegido sin mucho esfuerzo cuando en realidad todo fue fríamente calculado por meses, desde el color de su blusa hasta el rojo de sus labios. Solo me puedo imaginar cómo lo hago a diario o desde el momento en que me di cuenta de que regresaría.

La vi, y aunque el encuentro fue casual, no pude hacer nada más que actuar con la fría naturalidad que me caracteriza. No quisiera herirte más, pero lo cierto es que sentí que el suelo del Gran Hotel Sula era la jungla de los últimos veinticinco años esperando este momento, y las brillosas lozas del lobby, un pantano de arenas movedizas a las cuales les rogaba que me tragasen porque no encontraba las palabras adecuadas para expresar el torbellino de emociones que se suscitaban dentro de mí, el muchacho del ayer tímido solo con ella resurgió sin apologías, era el único que ella conocía. Intercambiamos palabras vacías de hola que tal, sin ni siquiera darle validez a lo que estábamos hablando, solo nos salvó el mesero que le aviso que su mesa por la cual para mi suerte estaba esperando, estaba lista. Se despidió con la firmeza y simpatía que la caracteriza, me dio un beso en la mejilla como se acostumbra en nuestra cultura, y con un gesto se despidió mientras se alejaba. La seguí con la mirada hasta que entro a la cafetería, se veía esplendida, pero no te podría decir que llevaba puesto, solamente recuerdo sus ojos, esos nunca cambiaran, su mirada penetrante y su sonrisa contagiosa. De repente me encontré en el mismo espacio que la última vez que nos vimos, allí en el en Gran Hotel Sula, solamente que esta vez más de veinticinco años han pasado, ya nos somos los mismos, la ventaja de la madurez es el nacimiento de la valentía que nos lleva a sentirnos intrépidos, será porque ya no tenemos la inseguridades de la pubertad, la presión de buscar dentro de nuestra alma nuestra verdadera personalidad que tendemos a ahogar por los prejuicios que no enseñan en nuestras casas, en la sociedad, y moldeamos esa personalidad de acuerdo a los dictámenes, de nuestros padres, de la moda, del que dirán. Me ha tomado todos estos años para por fin darme cuenta de las cosas que debí hacer, las palabras que tuve que decir, y no hice nada. Me escondí tras las faldas de mi cobardía, y me enfoqué en los únicos seres que me dieron seguridad, tu y nuestros hijos, enterrando en vida a ese muchacho que tenía dentro de mi impetuoso, con sueños, el enamorado de su novia de juventud, la poseedora de la personalidad más gigantesca la cual no pude soportar.

Vague sin rumbo, sin meta fija más que la de sacar a mi familia adelante como se debemos de hacer los hombres ¿Cierto? Cuidar de nuestras familias, proveer las necesidades económicas. Hasta llegué a pensar que terminar esa tempestuosa relación fue lo mejor que pude haber hecho. Hasta cierto punto creo que en ese momento en nuestras vidas lo fue. Pero lo que tanto me temí sucedió: el ardor de mi alma jamás se apaciguo, porque su recuerdo salía a relucir en las canciones, en los cometarios de nuestros amigos en común, en la fotografía que accidentalmente vi, y regreso a mí, la visión de su rostro, su ímpetu palpada hasta en la más borrosas de las fotos. Aun así, decidí enamorarme de mi esposa, de ti, apreciando tu delicadeza, tu abnegación para conmigo, para con nuestros hijos. Te quise y te quiero, pero con ella fue diferente. Me decidí que encontraría evidencia suficiente para convencerme que me confundía por la rutina que nos plaga como cualquier matrimonio. Me resigne a la idea que pensar en que ella era mi oasis mental, que me ayudaba a distraerme del trabajo diario y difícil que representa un matrimonio, hijos, pero fue en vano. La vacación emocional se convirtió en veinticinco años recordándola, talvez viviendo en el pasado, talvez suponiendo que no había cambiado. Estoy convencido que lo que me sucedió fue más que el destino lanzándome otra de sus ironías, no, fue algo sobrenatural. El día que las puertas de el Gran hotel Sula se abrieron como tantas otras veces, la ráfaga ciclónica de aire acondicionado que me pego en el pecho, no fue producto de la potente unidad, no, fue la fuerza del destino que me dio un puñetazo, que me saco el aire como un mocoso escurridizo, como si pesara diez libras menos. La vi, y supe inmediatamente que era ella. Intenté escabullirme tras las palmas, pero no tuve el valor ni siquiera para eso. Decidí enfrentarla, observando como hablaba con el mesero, distraída buscando algo dentro de su cartera. Siempre supe que estuvimos conectados de alguna manera, mental, del alma, que se yo, lo cierto es que, en el momento preciso, me vio, y nos vimos. Me saludó efusivamente de lejos, eso no cambiaría nunca, la sociable estaría siempre en ella. Me armé de valor, suplicándole a Dios que no se me notara los nervios, ella me recibió con un abrazo efusivo, sentí su olor, y sentí por instinto, supongo, que la sangre se me subió a la cabeza. Después de nuestro intercambio superficial, se despidió al estar lista su mesa, la vi alejarse hacia la entrada de la Eskandia. Esta vez, si me lanzaría al vacío por ella como un muchachito inexperto de cuarenta y cinco años. La seguí.

Gran Hotel Sula - Ella

Recordé el día en que por primera vez sentí el ardor más agudo que jamás me había aquejado: el dolor del amor. Ese día en el cual me di cuenta que, al fin y al cabo, lo nuestro se acabaría por una pésima jugada de nuestro peor enemigo o por lo menos así lo vimos ese día: el destino. ¿Cómo te evadí por tanto tiempo? Porque en el fondo mi intuición me protegió de esta situación precaria, la cual me tenía dividida entre mi ambición y el gran amor que broto de mi alma como una hierba que se apodera del territorio entero y lo cubre con su manto hermoso. No pude cambiar los designios del juez que nos tocó, ya estaba escrito que lo nuestro acabaría entre pleitos de cerveza y resacas emocionales de los veintitantos. Al fin del camino, no te encontré, no vi tu visión, la que soñé en mi cuarto esas noches en las que nos despedíamos con un beso apasionado y nos quedábamos unidos por labios, por piel, con deseo que emanaba como cataratas de nuestro aliento, de nuestros poros, con manos entrelazadas que se rehusaban a separarse. Esas noches, nos despedimos solo para luego esperar que llamaras desesperada por volver a escuchar el timbre de la voz del ser amado. Esas noches en las cuales te dedique páginas enteras llenas de versos de amor sacados de mi corazón enamorado y lleno de ilusiones y de planes descomunales de pies en la arena de cuerpos unidos sobre las playas del caribe donde tanto planeamos en consumar el fuego que acaloraba tus visitas breves a mi casa, cuando no podías de dejar de rozar mi pecho cuando no podías controlar tus manos que afligidas e impacientes me buscaban ilícitas, y yo te recibía ansiosa y lista para entregarte el significado de mi amor de una vez por todas. Sé que no había nadie en tu corazón ni en tu mente porque yo era la dueña y señora y tome posesión de tu corazón el día en que te diste cuenta que habías encontrado tu media naranja en mí. Cuando nuestra amistad se convirtió en la luz que iluminaba tus días y te enteraste una tarde en tu carro que te habías enamorado perdidamente de la chica más descarada y normal que habías conocido y que jamás te habías sentido tan libre de ser la persona que en realidad eras, que nunca te juzgué y te entregué libertad a manos llenas esperando reciprocar el sentimiento vasto que solo trae la confianza plena. Te prometí que entrarías solo para sacarte como el ladrón en el que te convertiste. Me rogaste que no te dejara tantas veces solo para que fueras tu el que me terminara dejando. Y es así que la torre se derrumba, algunas veces por causa de vientos mínimos y otras veces por tormentas históricas. Adivino que mi temple y mi ímpetu de mujer de hierro te abrumo de tal manera que tu valentía se desmorono por tu inmadurez y por mis altanerías de juventud. Lo sigo repitiendo como abuela de asilo, lo sigo declamando a quien esté dispuesto a escuchar la misma cantaleta del amor frustrado. Tengo la idea clara de que tarde o temprano la fuerza de nuestro viejo némesis, el destino, hará uso y abuso de sus artimañas para unirnos de la manera más vil e inesperada, hoy en el umbral del último lugar en el que tuviste la oportunidad de redimirte, de luchar por lo nuestro, y que no lo hiciste, hoy, aquí, en el lobby del Gran Hotel Sula, estamos de nuevo frente a frente. Esperando, que me preguntes algo más después de tu última palabra, para darme tiempo para pensar que hare, ¿qué diré? Lo único que sé, es que no estoy dispuesta a dejar este encuentro en un simple vaivén de holas y como estas. No. Quiero a mi amigo del antaño, quiero saber de tu vida y que sepas de la mía, quiero demostrarte que ya derribé mis barreras cortesía de la madurez. Quiero que veas, que mis exigencias se han convertido en puertas de libertad. Quiero darme cuenta una vez más, que nuestra separación estaba escrita en nuestra hoja de vida, era necesaria, y ahora, te veo, es increíble y por un momento siento la inmensa necesidad de verte a los ojos, con temor de volverme a enamorar sino tan solo por el recuerdo vivo de nuestro idilio, porque cuando me acuerdo de ti, regresan a mi mente las memorias de la intensidad con que me mirabas. No creo que nadie te haya podido superar en ese aspecto. No, estoy convencida de ello.

Me llaman de la Eskandia, mi mesa esta lista. Me despido con un “gusto de verte, cuídate”. Me doy la vuelta y siento tu mirada que me sigue hasta perderme por el umbral de la cafetería. No tengo las fuerzas para no volver a verte por última vez, pero lo hago de todas maneras y para mi horror, estás siguiéndome.

La Eskandia

Su aroma se metía por mi nariz hasta pegarme en el cerebro y marearme dejando escapar un suspiro de mi boca, porque me sentí completamente plena por primera vez en un cuarto de siglo, plena, al haber encontrado la horma de mi zapato, la poesía para mis oídos en forma de este personaje que sentado frente a mí  me miraba intensamente, mientras que  con la agilidad de un fumador de  más de treinta años, inhalaba entre palabras utilizando el humo como calmante para apaciguar su pecho, que evidentemente luchaba con ahínco para retener sus palpitaciones. Lo sé, lo vi en la base de su cuello, una lección que me enseño mi padre cuando era niña. Adestrándome en el arte de la guerra, de conocer a tu enemigo, de saber con seguridad el tipo de efecto que estaba teniendo en él.                                                                  

“Si le tiembla como gelatina bajo la piel, eso quiere decir que está nervioso”. Decía mi padre. Pues sí, lo comprobé hoy, al tratar de buscar evidencia de que no era yo la única que se moría de los nervios.

Estábamos sentados en una mesa para cuatro. En lo más profundo de mis pensamientos prohibidos, me imaginé que él se sentaba junto a mí, tan cerca que podía sentir su aliento acariciando mis mejillas, suspirando promesas de amor pendientes, sintiendo el olor a café y tabaco salir de su boca, mientras hablaba tratando de mantener una conversación coherente a pesar de saber que esta tarde sería inolvidable para los dos.  Pronto regresé a la tierra, y decidí abandonar mis pensamientos impuros, y guardarlos en la cartera. Hablamos de nuestros hijos, del trabajo, de nuestros amigos en común. Me pregunto de mi esposo, de como lo había conocido. Le comenté de las peripecias de mi vida de los últimos veinticinco años, y si, le comenté de mi esposo y de cómo lo conocí. En un principio me desvié del tema, pero al fin y al cabo terminamos hablando de él.                                                                                                                 

-Cuéntame, ¿cómo fue? Pregunto, mientras encendía su cigarro.                                                  

- ¿Cómo lo conociste? ¿Qué fue lo que te gusto? ¿Qué tienen en común?                            

 -Fue de lo más loco. Conteste con vergüenza. -Que te puedo decir, fue un accidente, lo conocí en un café, me vio, lo vi, lo ignoré y pues el resto es historia. Me quede en silencio, al percatarme de lo incomoda que me sentía hablando de mi esposo, cuando no estaba segura si estaba a punto de cometer una locura que talvez me podría costar ese matrimonio.  Dejamos la conversación a medias, cuando llego el mesero por tercera vez, con el menú. Ordenamos lo de siempre, un club sándwich y wiski en las rocas. Viendonos con la complicidad en la mirada, nos causó gracia al acordarnos de que era lo mismo que solíamos ordenar cuando terminábamos nuestras noches de juerga en La Eskandia  en aquellos en nuestros tiempos de novios  .Titubeé al tomar el primer sorbo del wiski, por miedo a dejar que mi guardia y mi muro de castidad a la defensiva cayera como si fuese hecha de arena, sabiendo muy bien que teniendo como aliados a el alcohol y las memorias de un amor que no fue, no eran en realidad buenos consejeros, y con seguridad perdería la batalla de evitar invitarlo a subir a mi cuarto. Entre risas y anécdotas, nos acordamos de nuestras vivencias de antaño. Él se quedó serio por un momento talvez fijando su memoria en algún hecho en particular con el semblante reflejando un deseo inmenso de finalmente tocar el tema el cual estábamos circulando por las últimas dos horas: nosotros.                                                                                                            

-No sé qué nos pasó, pero, a lo mejor, ¿las cosas pasan por que tienen que pasar, ¿no? El destino será.  Dijo, esquivando mi mirada mientras se le caí la ceniza de su cigarro sobre su sándwich a medio comer. Mi corazón se acelero ante tal declaración. Me remonte  a el dia en que con una voz temblorosa  y con urgencia me decalro su amor en la quinta vuelta del rol de la circunvalación pasando frente a Bigos.  Sin planearlo, y obviamente ignorando a cualquier persona alrededor de nosotros, nos tomamos de las manos dejando libre a través de ellas todas nuestras emociones.  Esta es la realidad, la realidad de nuestra naturaleza de humanos, me sentí por un momento como la protagonista de mi propia versión de Madame Bovarié, desaforada por salirme de mi estado civil, de escapar mi vida de hogar, y aun mantener mi matrimonio, aunque insípido, pero fiel y seguro como sea.                                           

Hablamos del deterioro natural de las relaciones, de nuestras relaciones conyugales en específico, y decidimos que como dicen por allí desde que se inventaron las excusas se terminaron los problemas, y ser francos con nuestra fantasía ya no tan secreta de continuar la historia que abandonamos bruscamente y de manera inevitable más de dos décadas atrás. No podíamos culpar este momento de debilidad ni en nuestras decisiones de juventud ni en nuestras parejas. Decidimos sacar a las variables de la ecuación, despejando cualquier duda conveniente para dejar claro el objetivo de nuestro interés: que jamás dejamos de estar unidos. Aun pasaran cien años de vivencias, de besos, de sexo con otras personas, de hijos, de trabajos, de enfermedades, pensando que nos habíamos abandonado en el pasado, que escondimos nuestro cariño en el baúl de las memorias recónditas y la enterramos en el sepulcros silencioso de la obligación, de nuestros compromisos conyugales, con la sociedad, con nuestros hijos, y con nosotros mismos; nuestra realidad era otra: aun guardamos reservado en el sito más escondido de nuestro corazón un sentimiento agonizante que latía ardiente.      

-Lo sé, y te confieso que nunca olvide lo momentos tan especiales que vivimos, y por supuesto nuestra amistad. 

- Dije con la vergüenza obviamente reflejada en mi rostro.             

El tomo el jalón más profundo de su cigarro. Pensé por un momento que nunca terminaría y se fumaria el cigarro de un solo tiro.                                                                                            

-Precisamente, ese recuerdo tan entrañable es lo que me ha traído hasta aquí hoy. Dijo mirándome a los ojos.   

-Esto no es ninguna casualidad. Todo fue planeado con anticipación. Sabía que estarías hoy aquí, y pues, me atreví, a enfrentar el pasado, por última vez. Para enfrentar este sentimiento reprimido, talvez te parezca obsesión. No sé lo que es, pero sea lo que sea, ha estado de residente en mi mente y alma por muchos años, y es hora que desaloje. Dijo con la seriedad más profética. No supe que contestar ni que decir. El corazón se me volvió gelatina, bajando vertiginosamente hasta pegar en la base de mi estómago. Esto es precisamente lo que algún día tuve fantasías que sucedería. Lo vi, lo experimenté mil veces por los últimos veinticinco años. Estaba segura que mis poderes de vidente cobraron vida en este momento. No supe que hacer mientras lo observaba con el interrogante plasmado en su rostro, esperando que el dictamen saliera de mis labios. Perdí la peor de las batallas contra mi fuerza de voluntad. Sus palabras me pegaron en el alma con el guante de seda de la duda. Dude de mi integridad, de mi capacidad de mantenerme fiel, de mi esfuerzo interminable por ser una buena madre, perdí el temor de que el altísimo me castigase por ser infiel. Pensé de nuevo que este rio en vano había tratado de ser desviado a los valles de lo correcto, de los dictámenes de la fidelidad, de contratos de cadena perpetua hechos por las razones equivocadas en los momentos inoportunos. Transporté mi mente al momento preciso en que decidí unirme a un hombre bueno, por compatibilidad y por buen ver, me negué cualquier duda aun sabiendo que nuestros intereses eran tan opuestos como nuestros sentimientos. Ignore mi sexto sentido que a gritos me recordaba todo lo vivido con el único amor que había tenido, confundiéndole en una nube de humo, de culpabilidad, de querer llamarlo amor de juventud, de inexperta. Lo cierto es que ya entiendo como era que las parejas de antaño se enamoraban de por vida. Entiendo la intensidad del amor infantil. Comprobé con exactitud casi científica que es posible enamorarse y permanecer bajo el velo de ese amor por toda una vida. Me dejé llevar y me convencí cada vez más, y con cada sorbo de wiski, que mi decisión estaba tomada, aun aquí, en plena hora de la cena en la Eskandia, con gente a mi alrededor, con testigos oculares del posible error craso que estaba apunto de cometer. Cerré los ojos por un minuto, como mi última oportunidad para recapacitar, pero fue en vano, abrí mis ojos, y fijé mis intenciones en sus enormes ojos negros, que me miraban con el suplicio de la expectativa reflejados en ellos. Extendí mi mano, y sin pensarlo dos veces le deslicé mi llave bajo su mano.

Sin decir nada, me puse de pie, no me despedí y caminé hacia los elevadores en un trance de calentura y mariposas en el estómago. Al entrar en el elevador lo vi, dejando dinero para saldar la cuenta, y tratando de recobrar la compostura. Alcance a verlo por última vez, mientras la puerta del elevador se cerraba.

 

                                                                     

 

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